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En recuerdo de Juan Gelman

El poeta y escritor, recientemente fallecido, asumió como pocos el anhelo innegociable por devolverle a la palabra su instante de trascendencia

gelmanjuanA mediados del siglo pasado, profundizando la apertura del modernismo (Darío, Lugones, Herrera y Reisig) y las vanguardias (Vallejo, Huidobro, Girondo, Neruda), las voces más eminentes de la literatura argentina y latinoamericana transformaron el lenguaje poético en sustancia de discernimiento. La poesía asumía entonces una intencionalidad metapolítica que se dirimía al ritmo de las esperanzas sociales, haciéndose cargo de la opresión y en vistas de transformar la cultura, la vida y el alma humana. Juan Gelman (Buenos Aires, 1930-2013), fallecido en México el pasado 13 de enero a los 83 años, fue uno de los grandes precursores de ese período de efervescencia estética y existencial.
Hijo de inmigrantes judíos de Europa Oriental, y nacido en Villa Crespo, Gelman creció en un ambiente extraordinario, de gran cultura y sensibilidad popular a un tiempo, algo tan característico de los inmigrantes judíos rusos de principios del siglo XX. El poeta cuenta que a los ocho años ya frecuentaba algunos clásicos. Su hermano le leía a Pushkin en ruso, lengua desconocida pero cuya musicalidad lo llenó de admiración y asombro. Su padre, José Gelman, había participado en la revolución rusa de 1905, embarcándose para la Argentina en 1914. El pequeño Juan, tercer hijo del matrimonio Gelman, y único argentino de la familia, estudiaría en el Nacional de Buenos Aires para luego cursar la carrera de química, abandonada tras el descubrimiento de su vocación literaria.
El propio Gelman ha señalado que su escritura gira en torno a tres experiencias: el amor, la poesía, la revolución: “Hay que hundir las palabras en la realidad hasta hacerlas delirar como ella”. Su primer libro, ‘Violín y otras cuestiones’ (1956), fue todo un acontecimiento: allí trastocaba las formas con una coloquialidad que abría la perspectiva de un nuevo lenguaje. Raúl González Tuñón y muchos otros vieron en el libro el signo sustantivo de una nueva poética. Los posteriores ‘El juego en que andamos’ (1959), ‘Velorio del solo’ (1961) y ‘Gotán’ (1962) afianzaron esa novedad que, si bien en gestación, se sumaba a la transformación sustancial del concepto de literatura en América Latina.
Bajo la influencia del gran César Vallejo o de su amigo Raúl Gonzalez Tuñón, la propuesta de Juan Gelman se abocaba tanto a la crítica de la cultura en su más amplio sentido existencial como a una permanente puesta en crisis la materia literaria. Así, su poesía alcanzó un permanente señalamiento crítico del statu quo que se materializaba en nueva actitud, en un verbo extrañado por la alteridad: "Órdenes, botas, rejas. / Afuera la mañana continúa. / Adentro el gran amor / se mueve y alza todavía. / La esperanza es un niño ilegal, inocente, / reparte sus volantes, anda contra la sombra." ("Estado de sitio", de ‘El juego en que andamos’).
Con el tiempo se adentra en dominios aparentemente "no poéticos": en ‘Cólera buey’ (1971), escrito entre 1962 y 1968, aparecen la ironía, el collage, juegos de palabras, parodias, lo cual da a la poesía un tono interrogativo e incluso autocrítico. En ‘Relaciones’, de 1973, dice: "[…] estos versos no han de servirle para / que peones maestros hacheros vivan mejor / coman mejor o él mismo coma mejor / ni para enamorar a una le servirán. / […] ‘ni con miles de versos harás la revolución' dice / se sienta a la mesa y escribe".
Un creciente compromiso político lleva a Gelman a abandonar el Partido Comunista -donde había militado desde joven- para pasar a las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), que en 1973 se unirán a Montoneros. Son momentos de gran actividad intelectual: trabaja como periodista, jefe de redacción de la revista Panorama, editor del suplemento cultural de La Opinión junto a Osvaldo Soriano, y secretario de redacción de las revistas Crisis y Noticias. En 1975 se exilia. En agosto de 1976 un comando del ejército secuestra a su hija Nora y a su hijo Marcelo, cuyos restos serán encontrados en 1990, y a su nuera María Claudia, que dará a luz en cautiverio. Décadas después, la nieta del poeta aparecerá felizmente con vida.
La ruptura con Montoneros ocurre tarde, en 1978, durante su exilio en Roma, antes de la inexplicable contraofensiva. Una desbordada lamentación se incrusta en sus versos. En ‘Citas y comentarios’, de 1982: "muertos que hablo y que me hablan / en las palabras que palabro / estas mismas palabras que / cierran mi voz como una noche / o como rostros compañeros / que giran bellos en su luz / como palabras / como sombras / apalabrándose a la muerte". Los años ochenta son tiempos aciagos, donde la memoria asume el riesgo de poner en vilo el sentido último: “te mataré con mi hijo en la mano […] vamos a empezar la lucha otra vez / el enemigo / está claro y vamos a empezar otra vez / contra la gran derrota del mundo […]". Su escritura va adoptando rasgos inconfundibles: la memoria expresará un deseo profundo, una carencia que, inevitablemente, y más allá de su voluntad, asume rasgos religiosos. Su lectura de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa de Jesús o los místicos judíos va en esa dirección.
El resto de su obra, escrita alternativamente en sus exilios en Italia, España, Francia y finalmente en México, representa una sucesión de desafíos y recapitulaciones, mientras el poeta asume la certeza de que no tendrá sosiego en la búsqueda universal de la justicia. Gelman supo mantener la fuerza de la lengua en vilo: sus traducciones ficticias a modo de heterónimos (‘John Wendell’, ‘Sydney West’), la indagación del pasado (‘Si dulcemente’, ‘Hacia el sur’) o la práctica de la lengua sefardí o judeo-española en ‘Dibaxu’ (1994), uno de su libros más hermosos, representan de manera ejemplar ese anhelo innegociable que tiene el poeta por devolverle a la lengua su instante de trascendencia. Las últimas décadas fueron para Gelman de sosiego y escritura. En 2007 recibió el premio Cervantes. Según comentó, una de sus máximas alegrías fue que la biblioteca de Atlanta fuera bautizada con su nombre. Sus últimos libros quizá no fueron tan brillantes. Pero su legado permanece, más allá de las polémicas suscitadas. Porque eso es, o quisiera ser, la poesía: lo que aun puede superar las debilidades o infortunios de la carne.

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