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La fórmula no es el sectarismo

Para avanzar en la construcción de un gran espacio de unidad para derrotar a los dos gobiernos y su modelo de saqueo hay que actuar con vocación de mayorías.

Proyecto Sur.

La construcción de una nueva mayoría en la Ciudad de Buenos Aires no es tarea fácil: la polarización lograda por el FPV y el PRO, que se han elegido como contrincantes acérrimos frente a las cámaras para luego realizar todo tipo de negociados espurios por atrás, es una estrategia sistémica que pretende dejar afuera de la representación política a quienes se oponen al modelo de corrupción y saqueo inherente a ambos gobiernos.

El pacto PRO-K va mucho más allá de la privatización de terrenos y bienes públicos: es un acuerdo político y económico de alcance nacional que pretende repartirse el poder y dar paso a un nuevo bipartidismo electoralmente funcional a dichos sectores. Lo cual ya se vio con claridad en 2011, cuando el kirchnerismo apostó a una victoria del macrismo y al ninguneo de Proyecto Sur.

De ahí que en el corto plazo sea preciso salir de la trampa en que se ha metido a gran parte de la ciudadanía porteña, tanto a cierto progresismo confundido como a quienes creen que Macri es lo contrario al kirchnerismo. La cuestión es de qué modo hacerlo: cómo, bajo qué condiciones y lineamientos tácticos, generar la unidad de sectores afines y provocar una relación de fuerzas favorable o virtualmente vencedora en la elección de octubre, siempre con el objetivo puesto en 2015.

La fórmula, compleja y para nada exenta de riesgos, ha sido expresada de manera contundente por Proyecto Sur en la referencia de su líder, Fernando “Pino” Solanas, durante la presentación del “espacio alternativo” que hasta el día de hoy conforman Proyecto Sur, CC, PS, PSA y GEN: la tarea es construir un gran frente de unidad sobre la base un liderazgo claro, coincidencias programáticas, valores éticos y afinidades legislativas. Es decir, no hay aquí nada parecido a un mero rejunte de opositores.

Paradojalmente, la propuesta ha sido cuestionada por algunos referentes del llamado progresismo porteño, en particular por Claudio Lozano y otros detractores menos escrupulosos; pero no abundaremos aquí en ese tipo de conductas, ni siquiera en el análisis del sectasrismo que conduce al aisalamiento político. Quizá es que Lozano no se ha detenido en que el PS y el GEN, aliados suyos dentro del FAP, vienen apoyando abiertamente la candidatura de “Pino” Solanas y su vocación de liderar y ampliar el espectro opositor a los dos gobiernos en la Ciudad de Buenos Aires. ¿Habrán desbaratado dichos partidos las altísimas expectativas que Lozano siempre ha manifestado en torno al armado amplio y progresista?

Otros movimientos políticos que se autodenominan “lo nuevo” (sic) también han cuestionado el llamamiento de Proyecto Sur a la unidad contra el kirchnerismo y el macrismo en la Ciudad. Pero tales sectores, quizá interesados en enmendar su frente interno, tampoco han asumido en términos político-culturales la complejidad el electorado porteño. Y la necesidad de innovar, es decir, de alcanzar una conjugación electoral virtuosa si se quiere alcanzar una mayoría capaz de impulsar una nueva etapa política en nuestro país.

Lo contrario, la afición estética al votante ideológico, la confianza providencial en la Historia o en el espontaneísmo como salida a la crisis perenne, son excusas de un vanguardismo mal digerido que poco tiene que ver con una concepción emancipadora y transformadora de la política. Pues no hacerse cargo de la fragmentación social y la despolitización solo puede conducir al eterno retorno del statu quo. Nada más urgente, hoy, que dar señales de madurez y unidad aun reconociendo las diferencias e identidades. Es lo que pidió el 18A. He aquí el mayor desafío de la política, que sigue sin ser tenido en cuenta por espectro de la izquierda deslocalizada.

Otra cosa sería problematizar las cualidades político-filosóficas, y acaso los límites, que habría de sintetizar un frente nacional emancipador de cara al futuro. Ahora bien, en dicho debate, las limitaciones teóricas de la izquierda, sus dogmas originarios, no serían tan menores como se cree respecto de los postulados más escorados hacia el centro-izquierda republicano. Se trata, sin duda, de una discusión pendiente.

Más allá de la pertinencia del debate, no es casualidad que quienes descalifican públicamente lo alcanzado en esta etapa tengan antecedentes no demasiado decorosos en términos de lealtad política. Lo que sí está claro es que el líder de Proyecto Sur jamás ha practicado ni la deslealtad ni la traición: después de medio siglo de militancia, está claro que Fernando “Pino” Solanas, aun en la falibilidad de la acción política, es de los pocos dirigentes argentinos que no se ha movido un ápice de sus convicciones éticas y programáticas. Nuestra consigna inamovible ha sido y seguirá siendo: coherencia, ética, proyecto. Por eso es que Proyecto Sur responde a los agravios no con respuestas al uso, con consignas o frases hechas, sino con la trayectoria inconmovible y preclara de su máximo referente nacional. Los que tiran la primera piedra, salvo honrosas excepciones, no suelen ser quienes están libres de pecado.

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