Cada 1° de julio, la memoria histórica de la Argentina se detiene ante la figura del Teniente General Juan Domingo Perón. Más allá de los honores militares y las liturgias partidarias, los aniversarios redondos o sucesivos nos obligan a desenterrar las vigas maestras de su pensamiento. No para habitarlas como piezas de museo, sino para […]
Cada 1° de julio, la memoria histórica de la Argentina se detiene ante la figura del Teniente General Juan Domingo Perón. Más allá de los honores militares y las liturgias partidarias, los aniversarios redondos o sucesivos nos obligan a desenterrar las vigas maestras de su pensamiento. No para habitarlas como piezas de museo, sino para confrontarlas con nuestro presente. Entre todo el cuerpo doctrinario que legó, hay una síntesis conceptual que define el punto de partida y el destino final de su proyecto de país: "La felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria".
¿Qué encierran, verdaderamente, estas palabras en el siglo XXI? Lejos de ser un eslogan de campaña o una simple fórmula retórica, esta frase constituye un programa de desarrollo humano, técnico y soberano que aún aguarda su plena realización.
Para el peronismo originario, la felicidad del pueblo nunca se redujo al mero acceso al consumo. La felicidad es una categoría ética y existencial. Significaba —y significa— la dignificación absoluta de la persona a través del trabajo.
La "felicidad" se traduce en la certeza de saber que el esfuerzo diario se corresponde con un techo propio, con una vejez protegida y con la movilidad social ascendente que le permite a un hijo de trabajadores llegar a la universidad. Encierra el concepto de Justicia Social, donde el individuo no es una pieza descartable del mercado, sino el centro de la comunidad. El pueblo es feliz cuando es artífice de su propio destino y no espectador de su propia postergación.
La Patria no es grande por la extensión de sus fronteras o por la riqueza acumulada en unas pocas manos; es grande por su grado de autonomía. Perón comprendió que la Soberanía Política y la Independencia Económica eran las dos piernas indivisibles sobre las que debía caminar la Nación.
La grandeza de la Patria se mide en:
El equilibrio de la balanza
El secreto de la máxima peronista radica en la conjunción de ambos elementos. No puede haber una Patria grande con un pueblo infeliz y empobrecido; eso sería una tiranía de los números macroeconómicos. Pero tampoco puede sostenerse la felicidad de un pueblo si la Patria es débil, endeudada y dependiente; porque esa aparente felicidad sería una ilusión efímera, prestataria de voluntades ajenas. Ambos objetivos se alimentan mutuamente.
"Nuestra Patria será libre, justa y soberana, o será una colmena humana donde los hombres serán esclavos de la máquina o del Estado." — Juan Domingo Perón
Un mandato para el presente
A más de medio siglo de la partida física del conductor, evocar este horizonte no es un ejercicio de nostalgia. Es una interpelación urgente. En una Argentina que debate sus rumbos económicos y sus alianzas geopolíticas, "la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria" sigue siendo la brújula más clara.
El mejor homenaje a Perón no es repetir su nombre, sino encarnar sus objetivos: volver a poner la política al servicio de la producción, el capital al servicio de la economía, y la economía al servicio del bienestar social. Esa es la deuda pendiente de la política argentina con su historia y el único camino posible hacia el futuro.
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