La crisis de la política, convertida en mera dominación, tiene en su concepción de la naturaleza y el tiempo una de sus causas centrales.
La naturaleza es, en rigor, principio de realidad. El campo político siempre está atravesado por el campo ecológico: la fragilidad material, el límite corporal de la vida, conllevan en función de su producción, reproducción y aumento cualitativo la existencia de un vínculo fraterno, no meramente instrumental, con el ecosistema. Sin embargo, la concepción de la naturaleza imperante en la Modernidad, bajo el imperialismo y el colonialismo occidental desde 1492 hasta hoy, reduce lo natural a mera “objetualidad”. El moderno cosifica el misterio, la belleza, la fecundidad. Hoy la naturaleza se ve privada de su lenguaje, de su “sentido interno”. La especie humana, temerosa, la ha convertido en un inmenso basural.
Para la ciencia y la técnica modernas, la naturaleza es tan sólo un constructo de la física matemática y la racionalidad científica. Un “almacén de mercancías”, pura materia de trabajo donde obtener renta. En efecto, esta imagen mecánico-cuantitativa de la naturaleza se ajusta a la perfección al capitalismo como ideología de la explotabilidad del mundo y de la vida humana. Como señala el filósofo Max Horkheimer, “el dominio sobre la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres.”
La política moderna, plagada de hábitos provenientes del sentido común dominante, no ha sabido desembarazarse de semejante cultura de la muerte. Los políticos, enfrascados en un estilo de vida -la clásica american way of life- idólatra del hiperconsumo y el lujo (¿alguien conoce a un político pobre en Occidente?), son los tristes artífices de una auténtica guerra suicida contra los bienes comunes. La megaminería a cielo abierto, ejecutada con un instrumental bélico monstruoso, es quizá el más claro ejemplo de ello. Pensemos en la desaparición y contaminación de montañas, cerros y millones de litros de agua, transmutados en lingotes de oro.
Pero la actual relación hombre/naturaleza no siempre fue así. Es producto de una civilización determinada: el Occidente central, que comprende, hoy en día, a tres cuartas partes del globo, incorporado -en lo mental o en lo político- a la lógica de la formación social capitalista. Dicho cambio de actitud hombre-naturaleza culmina con la Revolución Industrial, llegando en la actualidad a un terrorífico nivel de agresión y destrucción bajo el capitalismo monopólico transnacional.
Durante la Grecia clásica, según Horkheimer, “la filosofía aspiraba a una intelección que no había de servir a cálculos utilitarios, sino que debía estimular la comprensión de la naturaleza en sí y para sí”: la naturaleza era divina; San Francisco de Asís hablaba de “la hermana tierra”; los pueblos andinos se refieren a la “pachamama”, la Madre Tierra, y hacen política desde tal concepción. No cabe duda de que se trata de “postulados” de máxima para la política real: ahora bien, olvidarlos, no tenerlos como horizonte de un nuevo sistema por venir, significaría sencillamente claudicar, asumir el escepticismo y el cinismo como la única salida, y el suicidio colectivo y el colapso ecológico como una necesidad.
Si la acción política no se propone ser temporal y proyectiva, es decir, si no asume el futuro como parte insoslayable de su factibilidad presente, es que su racionalidad se ha transformado en irracionalidad, y su práctica en una excrescencia de intereses particulares, corporativos. Porque si el futuro está en peligro, el presente ha errado el camino. El paliativo no pasa por regresiones míticas ni conjuros arcaizantes. Antes bien, se trata de conciliar la vida presente con la alteridad del tiempo: porque los que todavía no están aquí, las generaciones futuras, ya tienen un derecho del que debemos hacernos cargo.
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